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martes, 5 de febrero de 2013


Porque eres tan triste necesito el juego de tus manos
Acariciar esa tristeza y caer en esa breña
Llenarme la garganta del tierno musgo
¿Escuchas mi canto?
¡No despiertes!
Siente las dunas de mi sombra
Y llévatela lejos
Huye y se valiente
Cuéntale del sueño de la noche coral
De los secretos de la palabra inmatura
Y déjame a mí, cansada entre las esquinas
Abierta y roja entre lo oscuro de tu llanto
Se cuidarlo y también beberlo
Y aunque envenenada me ahogue
¡Incruento encanto sin sombra!
Ebria de nostalgia tendré que matar el último encuentro
Y si acaso se te posara en los labios
La cadencia de esta flor ruborizada  y embelesada
Rechaza su clemente soledad
Y así
Ambos,  los solitarios, irán de la mano
Entonces, se callado
se el desvarío de mi tiempo
¿Escucharás mi canto?
Y si no, ¿La lejanía de su eco?



sábado, 12 de enero de 2013

Toda la casa de rojo


La casa siempre ha sido mía, el salón de baile y hasta el transpatio. Pero ahora es una mujerona gorda quien la habita, ella junto con otras cinco.  Todas ellas con labios embadurnados en  una pesada capa carmesí.  Todo lo hacen juntas; fuman, beben, lloran y ríen roncamente al recordar la noche.  Hay una sola cosa que no hacen juntas -bueno, a menos de que el macho lo requiera- se enredan en las camas y las sábanas grasientas, abren sus enormes bocas, máquinas encarnadas  e infernales y tragan la otra boca sedienta de sudor. Luego, tras movimientos violentos, dañan las paredes, las camas y hasta la cañería, por que uno que sabe andar por esos lugares, debe cuidarse de aquellas vibraciones que terminan siendo un dolor terrible de cabeza.

Las narices debo asomarlas cuando todos bailan, la China es quien mejor se sacude, todos los hombres desean bailar con ella y llevarla a aquél cuarto escarlata, donde la ropa se derrite y el cabello se enreda entre almohadas, Cleo siempre ha envidiado eso, su cuerpo es escuálido y sólo sabe amar boca arriba. Cuando todos bailan y beben, puedo ir a la cocina a engullirme las frutas, roer la carne y lo que más disfruto de mi recorrido de polvo y suciedad, defecar en las copas, corro por las mirillas al Son de ese ritmo cadencioso y aunque la casa es mía, debo ocultarme para poder observar aquella danza terrible, donde se escurren sus rostros y sus voces gritan o susurran palabras que perforan los muros y sus oídos.
¿Qué por qué la China?, dice la China mascando cualquier celofán o goma, bueno, que una noche después de una revoltura  de la carne, parece que el buen comensal le había dejado en la comisura de los labios torcidos, un hilillo negro muy enroscado que no dejaba de asomarse, “Mira nomás el chinote que te dejó ese canijo, pinche China puta, hasta los pelos te has de tragar” y entre carcajadas Marisol pasó a ser la China.

La China tuvo una hija; Bertha, había nacido entre jícaras, llantos hinchados y la risilla de las demás mujeres,  las cuales usaban en los labios aquella pasta roja parecida al color del ají. Quién sabe que panzón grasiento era el padre. Pero cuando creció, Bertha andaba entre los pasillos enseñando sus figuritas de fango a todo mundo, los hombres que visitaban la casa, le llevaban dulces de calabaza y le decían la Chinita, pero a ella no le gustaba, escupía y ponía mala cara, se jalaba las trenzas y se iba a esconder al cuarto de Cleo.

 Cleo le decía que no fuera berrinchuda, que ser La Chinita era lo mejor que le podía pasar, su madre era la que ponía el ejemplo, era la mejor puta, a pesar de andar cargando ajeno en la panza y de que casi la corrían por su culpa, era la que más trabajaba y qué friegas, Chinita, deveras que tu madre hace milagros… Y cuando decía eso, abría los ojos tanto y las mejillas se le hinchaban “¡Y vaya que hace milagros! Si no mira nomás cómo trae a todos los clientes!”
 Después de eso, reía tanto y Bertha salía de ahí odiándolo todo y a todos.
Una noche, cuando la Chinita cumplió diez años, decidieron cerrar la casa e irse a acostar temprano y dejar que Dios decidiera por el desayuno al otro día.  Sin embargo, ya apelmazadas en sus camas, escucharon pasos y murmullos que llegaban de la cocina, aquellas medrosas mujeres pensaron primero en la niña sola y decidieron protegerla del posible ladrónvioladorsecuestrador.

Y yo las vi entrar cautelosas y temblorosas al cuartucho donde la niña había pegado fotos de Gardel-roídas por mí-y donde también, ya se había trepado al guardarropa que estaba a un costado de la puerta. En lo alto, la niña no encontraba forma a aquella figura monstruosa que había entrado a su cuarto y la oscuridad le dio las fuerzas necesarias para encajarle con todo el odio de sus diez años, un tenedor muy bonito de plata,en la cabeza a Cleo, que había sido confundida con un ladrónvioladorsecuestrador.
El grito hizo que yo corriera hasta la cocina, asustado y malhumorado esperé encontrar restos de pan o las enchiladas de la tarde, pero ni una cuchara, el ladrón se estaba llevando todo, y fue cuando Cleo apareció  con una antena ensangrentada en la cabeza y  con los mismos ojos enormes y las mismas mejillas hinchadas gritando “Fue la Chinita, ha sido ella” , y corriendo entre cacerolas y tazas de peltre, aquél hombre aterrado salió huyendo de la casa al ver aquella mujer que ahora no sólo tenía los labios carmesí, si no toda la enorme cara encharcada de roja pasión.
Yorela B

viernes, 11 de enero de 2013

Laja de Kichou



Encuentro en la  manzana de su mejilla
Una pequeña brecha avergonzada 
Aproximo la noche con mi mano
Hacia aquella pincelada
Y la ensucio de un rojo escarlata
Con la  huella de mi pulgar amancillado
Es la tintura de mis labios
La que ha marcado su rostro
Como la carta de un amante chino

Y el olor triste de su risa
Se endulza con mi boca
Ahora la tinta chorrea en mi pecho
Sus penas caen, ruedan por mis senos
Y no hay nada más
Solo el arranque del encuentro
El canto adormilado
El incienso de su boca



Encarnación
Era cierto que nos daba ternura y una dulce tristeza encontrarlo tan solo, y aunque nos disgustaba el que comenzara a gritarle a la toma de agua o a los niños, nos parecía encantador cómo en su abandono, parecía tan bueno y hermoso. Lo mismo cantaba boleros que tangos, y cuando ya las estrofas lo habían cubierto de melancolía, se tiraba a llorar en la banqueta y alguna joven que le conocía le apretaba el hombro.
No era así, no era la locura de algunos que construyen y re construyen mediocres castillos de camino a casa en el metro, no, su locura era enfermedad y era adoptada, la suya era la del abandono, no de una madre, una novia o un hijo, sino la de un gato.
Jacinto compraba todas las mañanas la leche, llevaba juguetes al gato, y todos alguna vez le oímos maldecirlo y gritarle que ojalá nunca volviera, mierda con patas, me has jodido el sofá. Sin embargo, Jacinto veía la hora de la merienda cerca y buscaba tan obsesivamente al gato, el cual sería su compañero y charlarían sobre política, la vecina del 32 y de por qué los perros no son la opción.
Después de tres años de rabietas, conciliaciones con pasta y ravioles, Moronas, el gato, murió (se arrojó) contra un tráiler rojo, muy bonito, dijo Pepe, vecinito de cuarto grado que presenció el suicidio del gato, del cual no quedó más que los enormes ojos, por fin libres.
Una semana entera, el viejo estuvo también huyendo en las calles, somnoliento y cubierto de esa nube que sólo los que han perdido algo que pensaban eterno, conocen.
Nos dio tanta pena cuando lo vimos tirar los juguetes y la cazuelita verde, que los vecinos más cercanos a él, incluidos los más metiches, acordamos visitarlo de vez en vez y hacerle de gato a la hora de la merienda, y claro, llevar entre las manos un plato para compartir y para que el viejo no se quede sin más.
Nadie fue. Los niños al colegio, las madres a fregar trastos y buscar basura bajo las camas, los papás cansados del trabajo y del mismo camino y las  jóvenes que en un tiempo ofrecieron su sonrisa y el café, ahora iban al parque con amiga y pareja para derramar el tiempo como sólo los suaves jóvenes saben.
Yo jamás había entrado a la casa del viejo Jacinto, la vecindad apenas y conocía una puerta entreabierta y lo que se asomaba de ella, pero ayer, decidí que era suficiente, que uno pierde las cosas y le gusta que le ayuden a encontrarlas, aunque se sepa desde un principio imposible.
Así que me decidí una tarde después de la escuela. Toqué dos veces y la puerta se encontraba abierta; entré gritando y preguntando, buscando y mirando como cuando uno sabe que está por ver algo maravilloso…
La casa polvorosa, estaba llena de cajas, que seguro estaban llenas de más recuerdos, -propio de un viejo, pensé- que familiares que lo visitasen, seguí husmeando hasta escuchar un ruido como de roce con la pared, como de patas ligeras.
Pensé de inmediato que Jacinto había adoptado al fin otro gato, me alegré egoístamente puesto que no tendría que hacerle de gato esa misma tarde y podría irme a jugar fútbol con los chicos. Empecé a llamar al gato, como se nos dice que se le llama; contrayendo la boca hasta hacerla chasquear, y “bisheando” por toda la cocina. Justo estaba por irme cuando me di la vuelta y lo vi, contraído en su manera más gatuna posible.
Jacinto no era un hombre alto,  pero siempre había sido flaco, por no decir enfermo, y ahora se le veía así, erizado y sin más que la piel, hostil y en una esquina a cuatro patas, enseñando los colmillos de vez en cuando. Y así, finalmente, hasta maullar roncamente, el hombre gato que era tan torpe y tan grande, se acercó a mí, aletargado para husmear qué le llevaba de comer.
Por supuesto que me sorprendí a tan semejante tamaño y movimiento, me asusté de igual forma, pero también estaba contento, ya que mamá jamás me había dejado tener un gato o un perro, todo por un asma que me ataca desde los nueve años.
Yorela B.

jueves, 7 de junio de 2012

El recuerdo




Nocturna y salina
ésta caída deja en cada una de las esquinas de mi habitación
trozos de mi piel que juraron nunca quedarse sedientos
Aquél corazón encajado en la tormenta 
deja derramar su sangre en mi espalda
perfora el sueño
la ternura 
y mi vientre 
que deshila su monte
en estas sombras violetas
en estas ocres mordidas a la nada
Y esta comezón del tiempo y la espera
de añorar la carne humedecida por mi palabra
sentirme cubierta por el fantasma de su pecho
saber de su tibia saliva curando heridas
 delirantes dolores
 irrisibles sentencias
Es así, desnudo y tremebundo horizonte ante mi rostro
ante cada latir mutilado por las noches que me han pisado
todas aquellas que han formado una laguna insípida 
y me han arrancado de su carne
 así con este lascivo palpitar he de regresar y encontrar la cura de este recuerdo asfixiado 
y lamer al fin cada paso, cada huella y cerradura de su cuerpo.
Yorela B.

domingo, 22 de abril de 2012

Incrédula y sumisa dejo que caiga tu ternura entre mis manos

Aquí he esperado desde que el alba nació de tus labios

Te invoco cada que el recuerdo muerde los míos

Y me baña la nuca tu espeso aroma del que espero inundarme un día

¡Yo espero! Espero paciente y cada que tu voz nombra a esta ingenua

Todos mis ardores se evocan a ti y aun así me petrifico con el olor de tus palabras y tus miradas

Así me transporto, curtida de aquellos impertinentes a los que les temes

Me encuentro tan trémula de esperanzas

¡Que tu tibio roce sea mío al fin y que, ¡Ay!, el tiempo se escurra entre este asfalto y que sea al fin la mañana en que nuestras sombras se junten y sumerjan la carencia entre el fango y los charcos.

Aquí espero

Aprendo a saberte, te dejo saberme

Y asciendo temblorosa entre tus sueños muertos

Para cantarte poemas que se tornen miradas furtivas

Sé esperar, sé encarcelar la locura de estos labios delirantes

Sé perder la locura de los días que llevo en la mansedumbre de mi agonía

Espero y te invoco de entre las sábanas y las aulas

De entre los pasillos y las siete de la mañana.

Yorela B.

sábado, 31 de marzo de 2012

Neblina en mis ojos.

¿Qué ha quedado de estos sorbos de alegoría?
¿Cómo de éste hermoso vértigo nos caímos al eco de mi garganta?
Ya he sentido entre mis falanges nerviosas tu corazón derramado y tremendo
¡Qué hambrientos esos días!
¡Qué sucios estábamos y qué necios éramos...!
Aún recuerdo avenidas, aires que escupían flores, pupilas que mostraban cielos oscuros
los cielos más hermosos y derramados sobre tu rostro desnudo
Esta imagen tan inmersa en mi pecho enlutado
se esconde entre las sombras asustadas de mi habitación
se recoge entre las sábanas y se cubre de cabellos enredados en mi nuca
Sin tregua se abaten en mi cuerpo los delirios del desencanto
azotan mis órganos y mi esencia se diluye entre mi decadente columna
¡Neblina en mis ojos!
¿Cuánto más sujetarán mis piernas esta condena infructuosa?
Que el caudaloso aroma dulce pronto vuelva a bañar mis pulmones
y que la sentencia no me aleje de ésta hermosa llama que se me presumía eterna
Yorela B.