Encarnación
Era cierto que nos daba ternura y
una dulce tristeza encontrarlo tan solo, y aunque nos disgustaba el que
comenzara a gritarle a la toma de agua o a los niños, nos parecía encantador
cómo en su abandono, parecía tan bueno y hermoso. Lo mismo cantaba boleros que
tangos, y cuando ya las estrofas lo habían cubierto de melancolía, se tiraba a
llorar en la banqueta y alguna joven que le conocía le apretaba el hombro.
No era así, no era la locura de
algunos que construyen y re construyen mediocres castillos de camino a casa en
el metro, no, su locura era enfermedad y era adoptada, la suya era la del
abandono, no de una madre, una novia o un hijo, sino la de un gato.
Jacinto compraba todas las
mañanas la leche, llevaba juguetes al gato, y todos alguna vez le oímos
maldecirlo y gritarle que ojalá nunca volviera, mierda con patas, me has jodido
el sofá. Sin embargo, Jacinto veía la hora de la merienda cerca y buscaba tan
obsesivamente al gato, el cual sería su compañero y charlarían sobre política,
la vecina del 32 y de por qué los perros no son la opción.
Después de tres años de rabietas,
conciliaciones con pasta y ravioles, Moronas, el gato, murió (se arrojó) contra
un tráiler rojo, muy bonito, dijo Pepe, vecinito de cuarto grado que presenció
el suicidio del gato, del cual no quedó más que los enormes ojos, por fin
libres.
Una semana entera, el viejo
estuvo también huyendo en las calles, somnoliento y cubierto de esa nube que
sólo los que han perdido algo que pensaban eterno, conocen.
Nos dio tanta pena cuando lo
vimos tirar los juguetes y la cazuelita verde, que los vecinos más cercanos a
él, incluidos los más metiches, acordamos visitarlo de vez en vez y hacerle de
gato a la hora de la merienda, y claro, llevar entre las manos un plato para
compartir y para que el viejo no se quede sin más.
Nadie fue. Los niños al colegio,
las madres a fregar trastos y buscar basura bajo las camas, los papás cansados
del trabajo y del mismo camino y las
jóvenes que en un tiempo ofrecieron su sonrisa y el café, ahora iban al
parque con amiga y pareja para derramar el tiempo como sólo los suaves jóvenes
saben.
Yo jamás había entrado a la casa
del viejo Jacinto, la vecindad apenas y conocía una puerta entreabierta y lo
que se asomaba de ella, pero ayer, decidí que era suficiente, que uno pierde
las cosas y le gusta que le ayuden a encontrarlas, aunque se sepa desde un
principio imposible.
Así que me decidí una tarde
después de la escuela. Toqué dos veces y la puerta se encontraba abierta; entré
gritando y preguntando, buscando y mirando como cuando uno sabe que está por
ver algo maravilloso…
La casa polvorosa, estaba llena
de cajas, que seguro estaban llenas de más recuerdos, -propio de un viejo,
pensé- que familiares que lo visitasen, seguí husmeando hasta escuchar un ruido
como de roce con la pared, como de patas ligeras.
Pensé de inmediato que Jacinto
había adoptado al fin otro gato, me alegré egoístamente puesto que no tendría
que hacerle de gato esa misma tarde y podría irme a jugar fútbol con los
chicos. Empecé a llamar al gato, como se nos dice que se le llama; contrayendo
la boca hasta hacerla chasquear, y “bisheando” por toda la cocina. Justo estaba
por irme cuando me di la vuelta y lo vi, contraído en su manera más gatuna
posible.
Jacinto no era un hombre
alto, pero siempre había sido flaco, por
no decir enfermo, y ahora se le veía así, erizado y sin más que la piel, hostil
y en una esquina a cuatro patas, enseñando los colmillos de vez en cuando. Y
así, finalmente, hasta maullar roncamente, el hombre gato que era tan torpe y
tan grande, se acercó a mí, aletargado para husmear qué le llevaba de comer.
Por supuesto que me sorprendí a
tan semejante tamaño y movimiento, me asusté de igual forma, pero también
estaba contento, ya que mamá jamás me había dejado tener un gato o un perro,
todo por un asma que me ataca desde los nueve años.
Yorela B.